Centurión 1 – El Comienzo

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Esta lectura forma parte de una serie de ficción histórica que nos llevará hacia la Pascua. Cuenta la historia del camino de Jesús hacia la cruz desde la perspectiva de un centurión romano. Fue escrita por el pastor y escritor inglés Sean Gladding, autor del libro “La Historia de Dios, La Historia de Nosotros.” Esta serie se publicará como un devocional. Esperamos que esta narrativa te lleve a hacer una reflexión más profunda sobre los relatos de los Evangelios de los últimos días de Jesús.

Soy soldado de carrera. Abandoné la granja familiar cuando tenía 12 años – me escapé para unirme a la Legión. Fue una gran decepción para mi padre. Pero eso no me importaba mucho. De niño, había sido una decepción para ese hombre. Y a él le gustaba quitarse su “decepción” en mi carne. Por lo tanto, pensé que si me iban a dar una paliza, que por lo menos me pagaran por ello – y que yo viera el mundo a la vez. Así que opté por el ejército. Reconozco que no soy la estrella más brillante del firmamento – mi madre no tenía sólo un dicho por mi falta de inteligencia, tenía un centenar. Su más favorito era “Le falta un tornillo para completar la caja de herramientas”. Así que sabía que no iba a ascender en el escalafón al impresionar a mis jefes con mi “mente brillante”. Pero hay algo que hago muy bien–obedecer órdenes. Eso fue lo único que recibí de mi padre, aparte de los moretes. Así que, cuando un oficial decía: “¡Salta!”, yo decía, “¿Qué tan alto?” No hagas preguntas, simplemente hazlo. Sé cómo recibir órdenes. Y eso eventualmente hace que tomen nota de ti. Me costó veinte años lograrlo, pero ahora soy centurión–tengo un centenar de hombres bajo mi mando. Y ahora soy yo el que da las golpizas. He servido al emperador fielmente. He derramado sangre por todo el Imperio: mayormente la de ellos, pero a veces la mía. Hemos llevado la paz a miles–aunque la querían o no. Y después de cada campaña exitosa, marchamos de regreso a Roma y entramos en la ciudad entre los vítores de la multitud, con nuestras banderas en alto, y nuestro general a la cabeza de la columna, montado en su mejor caballo. Y allí le presentamos a César su victoria, y una vez más juramos nuestra lealtad a él, el Salvador de Roma, nuestro Señor, el Hijo de Dios. ¡Qué días más gloriosos! Pero entonces me mandaron a Judea – a Jerusalén. Y me he pasado los últimos cinco años en el peor puesto de mi carrera. Esta gente está loca. Simplemente no lo entienden. Se niegan a aceptar que son un pueblo conquistado. Así que sigo derramando sangre. Aunque ya no es con la punta de una espada en el campo de batalla. Ahora se trata de meterles clavos en sus muñecas y tobillos en una cruz, y luego alzarlos para que todos puedan ver el precio de negarse a aceptar a César como Señor. Por lo general, sólo se necesita una semana de crucifixiones para que la gente caiga en la cuenta. Pero, estos judeos–llevo cinco años haciéndolo, y todavía no damos abasto con la producción de cruces. Especialmente durante los Días Santos. Como esta última semana. Siempre tenemos un montón de cruces confeccionadas para la Pascua. Porque eso es cuando se hacen presentes los mesías. Parece que esta gente tiene un mito acerca de algún líder profetizado que va a liberarlos de “la tiranía de Roma”. Y cada año, algún aspirante aparece con un puñado de seguidores, trata de degollar a algunos de mis hombres, y piensa que va a iniciar la revolución. A veces son sólo fanáticos religiosos–casi me siento mal al crucificarlos. Casi. Otras veces son bandidos, tratando de forzar la situación un poco. Siempre terminan en una de nuestras cruces. Dichos “mesías” utilizan otros nombres también. Como, “Hijo del Hombre”. O bien, “Hijo de David”. Incluso, “Rey de los Judíos”–lo cual, déjenme decirles, no le cae bien al viejo Herodes. Pero el nombre que no le gusta a Roma es “Hijo de Dios”. Porque sólo hay uno de ellos–y ese es el emperador. Y César no permite la competencia. Así que he colgado un montón de mesías en los cinco años que llevo aquí. ¿Por qué les estoy contando todo esto? Porque volvió a ocurrir este año. Otra semana de la Pascua en Jerusalén. Otro mesías. Sólo que esta vez fue diferente. He crucificado a cientos de hombres. Pero ninguno como ese. Y aunque normalmente nunca hago preguntas, créeme: esta vez tengo un montón.

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