Introducción del libro de Miroslav Volf

Introducción

Hoy día el debate acerca del papel de las religiones en la vida pública está candente, y las razones saltan a la vista. En primer lugar, el número de adeptos de las diferentes religiones—el budismo, el judaísmo, el cristianismo, el islam, etc. —va en aumento y en todo el mundo están cada vez menos dispuestos a circunscribir sus convicciones y prácticas a la esfera privada de la familia o la comunidad religiosa. En su lugar, quieren que dichas convicciones y prácticas moldeen la vida pública. Tal vez participen en la política electoral y busquen influir en los procesos legislativos (como la Derecha Religiosa lo ha hecho en los Estados Unidos desde la presidencia de Reagan), o se concentren en transformar el tejido ético de la sociedad por medio del despertar religioso (lo que la Derecha Religiosa parece haber estado haciendo durante la presidencia de Obama). De cualquier manera, el objetivo de muchas personas religiosas es moldear la vida pública de acuerdo con su propia visión de cómo debería ser la “buena vida”.

En segundo lugar, en el mundo globalizado de hoy no se puede esperar sencillamente restringir las religiones a distintas áreas geográficas. Conforme el mundo se ha ido haciendo más chico y la interdependencia de las personas aumenta, los apasionados defensores de las diferentes religiones llegan a habitar el mismo espacio. Pero, ¿cómo podrán convivir esas personas, especialmente si todos quieren moldear la esfera pública a los preceptos de sus propios textos y tradiciones sagrados?

En lo que respecta a la función pública de las religiones, el principal temor es que alguna fe en particular llegue a imponer aspectos de su propia forma de vida a los demás. La gente religiosa teme ese tipo de imposición—los musulmanes temen a los cristianos, los cristianos a los musulmanes, los judíos temen a ambos…y así sucesivamente. Los secularistas, los que no tienen ninguna fe tradicional, temen la imposición religiosa también, ya que para ellos todas las fes son irracionales y peligrosas.

El miedo a que se impongan puntos de vista religiosos frecuentemente provoca llamados para la supresión de las voces religiosas en la esfera pública. La gente que sostiene este punto de vista afirma que la política, una esfera pública importante, debe “permanecer sin iluminar por la luz de la revelación” y guiarse por la razón humana solamente, como Mark Lilla dijo recientemente. Este es el concepto del estado laico, forjado en los últimos siglos en Occidente.

El totalitarismo religioso

A diferencia de los que piensan que la religión debe mantenerse al margen de la política, en este libro voy a defender la tesis de que las personas religiosas deberían ser libres para llevar su visión de la “buena vida” a la esfera pública—a la política y otros aspectos de la vida pública. Lo que es más, creo que prohibir que lo hagan equivale a la opresión. Pero apenas uno empiece a plantear la idea, algunas personas advierten de la amenaza del totalitarismo religioso.

Para muchas personas seculares de hoy, el islam militante, representado por alguien como Sayyid Qutb (“el padrino del islam radical”), muestra cómo las religiones, si se les diera rienda suelta, se comportarían en el ámbito público.

Yo soy cristiano y Qutb era musulmán. Pero el contraste que quiero describir no es entre posiciones cristianas e islámicas. Para la gran mayoría de los musulmanes, la posición de Qutb es completamente inaceptable, ni siquiera fiel a las fuentes autorizadas del islam, ni tampoco a la experiencia centenaria de los musulmanes con una variedad de sistemas políticos en muchas partes del mundo. El contraste es más bien entre el pluralismo político religioso y el totalitarismo religioso. La posición que yo llamo aquí “pluralismo político religioso” surgió en el cristianismo, pero no es la única posición cristiana. No todos los cristianos la abrazan, y en los últimos siglos algunos se han opuesto enérgicamente a ella. Por otro lado, los cristianos no son las únicas personas de fe que abrazan el pluralismo político religioso hoy día. Muchos judíos, budistas y musulmanes, entre otros, lo abrazan también.

Hacia una Alternativa

En este pequeño tomo ofrezco un esbozo de una alternativa a la saturación totalitaria de la vida pública con una sola religión, así como a la exclusión secular de todas las religiones de la vida pública. Escribo como teólogo cristiano para los seguidores de Cristo. No escribo como una persona religiosa genérica para los adeptos de todas las religiones; así no funcionaría. Para seguir con el ejemplo de Qutb, a los estudiosos musulmanes les corresponde elaborar alternativas claramente islámicas a Qutb. Mi tarea es ofrecer una visión del papel de los seguidores de Jesucristo en la vida pública, un papel que evite los peligros tanto de la “exclusión” como la “saturación”.

Uno de los textos cristianas más debatidos acerca de la relación entre la religión y la cultura, incluida la política, es Christ and Culture, de H. Richard Niebuhr. A mediados de loa 50, analizó cinco posturas cristianas hacia la cultura: Cristo contra la Cultura, el Cristo de la Cultura, Cristo por encima de la Cultura, Cristo y la Cultura en Paradoja, y Cristo que Transforma la Cultura. Dentro de las categorías de Niebuhr, la posición de Qutb viene a ser una combinación de “la religión [sectaria] contra la cultura” y la “religión [políticamente activista] que transforma la cultura” con el objetivo de lograr una identidad entre la religión y la cultura.

Tal como lo sugiere la tipología de Niebuhr, en la tradición cristiana, y en las otras religiones pasa algo similar, hay más de una forma de relacionar la religión con la cultura. Incluso los diferentes tipos de Niebuhr son amplios y abstractos, como tipos ideales han de ser. Los representantes reales de esas cinco posturas hacia la cultura son menos claros y tienden a combinar elementos de más de una categoría.

En este libro sostengo que no existe una única manera en que la fe cristiana se relaciona o debe relacionarse con la cultura en su conjunto (véase el capítulo 5). La relación entre la fe y la cultura es demasiado compleja para eso. La fe se opone a algunos elementos de la cultura y se desliga de otros. En algunos aspectos, la fe es idéntica a elementos de la cultura, y busca de diversas maneras transformar muchos más. Por otra parte, la postura de la fe hacia la cultura cambia con el tiempo conforme la cultura va cambiando. Entonces, ¿cómo se define la postura de la fe hacia la cultura? Se define—o debería definirse—por el centro de la fe misma, por su relación con Cristo como la encarnación del Verbo divino y el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El centro de la fe cristiana sugiere una relación con la cultura más amplia que puede resumirse en los siguientes seis puntos:

1.   Cristo es la Palabra de Dios y el Cordero de Dios, vino al mundo por el bien de todas las personas, quienes son todas criaturas de Dios y amadas por Dios. La fe cristiana es, por lo tanto, una fe “profética” que busca arreglar el mundo. Una fe inactiva o redundante—una fe que no busca arreglar el mundo—es una fe con graves defectos (véanse los capítulos 1 y 2). La fe debería ser activa en todas las esferas de la vida: en la educación y las artes, en los negocios y la política, en la comunicación y el entretenimiento, y mucho más.

2. Cristo vino a redimir al mundo al predicar, ayudar a la gente de forma activa, y morir la muerte de un delincuente en nombre de los impíos. En todos los aspectos de su trabajo era portador de la gracia. Una fe coercitiva—una fe que busca imponerse, imponer su forma de vida a los demás a través de cualquier forma de coerción—es también una fe con graves defectos (véanse los capítulos 1 y 3).

3. Cuando de la vida en el mundo se trata, seguir a Cristo significa preocuparse por los demás (así como por uno mismo) y trabajar para que ellos florezcan, para que la vida de todos sea buena, y para que todos aprendan a vivir su vida bien (véase el capítulo 4). Una visión del florecimiento humano y el bien común es la cosa más importante que la fe cristiana trae al debate público.

4. Puesto que el mundo es la creación de Dios y la Palabra vino a los suyos aunque los suyos no lo recibieron (Juan 1:11), la postura correcta de los cristianos hacia la cultura en general no puede ser ni de oposición total ni de transformación en gran escala. Se requiere una actitud mucho más compleja, que implica aceptar, rechazar, aprender, transformar y subvertir o dar un mejor uso a diversos elementos de una cultura diferenciada en su interior que cambia rápidamente (véase el capítulo 5).

5. En el Nuevo Testamento se describe a Jesucristo como un “testigo fiel” (Apocalipsis 1:5) y sus seguidores se consideran testigos (en Hechos 5:32, por ejemplo). Los cristianos trabajan en pro del florecimiento humano no al imponer su visión del florecimiento humano y el bien común a los demás, sino al dar testimonio de Cristo, que encarna la “buena vida” (véase el capítulo 6).

6. Cristo no llegó con un único plan para la institucionalidad política; existen muchas maneras de organizar la política que son compatibles con la fe cristiana, desde la monarquía hasta la democracia. Pero en un contexto pluralista, el mandato de Cristo “Traten a los demás como ustedes quieran ser tratados” (Mateo 7:12) implica que los cristianos deben otorgar a otras comunidades religiosas las mismas libertades religiosas y políticas que reclaman para sí mismos. Dicho de otra manera, los cristianos, incluso aquellos que en sus opiniones religiosas son exclusivistas, deben abrazar el pluralismo como un proyecto político (véase el capítulo 7).

Esta es, a grandes rasgos, la alternativa que propongo al totalitarismo religioso y un resumen del contenido principal del libro.

En las siguientes páginas analizo tres preguntas sencillas:

1. ¿De qué manera la fe cristiana funciona mal en el mundo contemporáneo, y cómo deberíamos contrarrestar dichos mal funcionamientos (capítulos 1-3)?

2. ¿Cuál debería ser la principal preocupación de los seguidores de Cristo cuando se trata de vivir bien en el mundo de hoy (capítulo 4)?

3. ¿Cómo deben los seguidores de Cristo realizar su visión de vivir bien en el mundo actual en relación con otras religiones y la variedad de personas con quienes conviven bajo el techo de un solo estado (capítulos 5-7)?

Al tratar de contestar estas sencillas preguntas, mi objetivo es ofrecer una alternativa tanto a la exclusión secular de la religión de la esfera pública y a todas las formas de “totalitarismo religioso”, una alternativa basada no en atenuar las convicciones cristianas sino en afirmarlas con firmeza y vivirlas con gozo.

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