Paganismo, ¿en tu cristianismo?

Segunda entrada

«¡Pero el emperador no lleva nada puesto!», dijo un niño pequeño. «¡Escuchen la voz de la inocencia!», exclamó el padre; y lo que el niño había dicho se fue pasando en un susurro de unos a otros. «¡Pero él no lleva nada puesto!», gritó finalmente la gente. El Emperador se sintió molesto porque sabía que estaban en lo cierto; pero pensó: «¡La procesión debe continuar ahora!». Y los nobles, sus asistentes de cámara, se esforzaron por parecer que llevaban la cola de sus vestiduras, aunque en realidad no había cola que sostener.

Hans Christian Andersen

INTRODUCCIÓN POR GEORGE BARNA

¿Qué le sucedió a la iglesia?

«Quizás no haya nada peor que llegar al final de la escalera y descubrir que uno la ha apoyado en la pared equivocada».

Joseph Campbell, escritor norteamericano del siglo veinte

Nos encontramos ante una silenciosa revolución de fe. Millones de cristianos alrededor del mundo han comenzado a abandonar las formas antiguas y reconocidas de «hacer iglesia» por otros enfoques aun más antiguos. Aquellos antiguos enfoques que están arraigados en las Sagradas Escrituras y en los principios eternos del Dios vivo. Por lo tanto, el motivo de esta transición de lo antiguo a lo más antiguo no es una simple cuestión de ponernos en contacto con nuestra historia o buscar nuestras raíces. Nace del deseo de volver a tener una relación autentica y plena con nuestro Señor. Es el impulso que sentimos de vincularnos con él a través de la Palabra de Dios, del Reino de Dios y del Espíritu de Dios.

Nadie puede cuestionar los motivos de los revolucionarios. Investigaciones amplias han demostrado que solo buscan más de Dios. Sienten pasión por ser fieles a su Palabra y estar más afinados con su liderazgo. Su deseo más grande es que su relación con el Señor sea la prioridad número uno de su vida. Están cansados de que las instituciones, denominaciones y rutinas se interpongan y eviten que tengan una conexión vibrante con él. Se sienten desgastados por los interminables programas que no logran facilitar una transformación. Están hartos de que se los envíe a completar tareas, a memorizar hechos y pasajes, y de que se los haga participar de prácticas simplistas que no los acercan a la presencia de Dios.

Son personas que han experimentado las realidades iniciales de una conexión genuina con Dios. Ya no pueden soportar la burla espiritual que implica lo que les ofrecen las iglesias y otros ministerios bien intencionados. Dios los está esperando. Ellos lo desean a él. No quieren más excusas.

Pero esta revolución de fe enfrenta un desafío. Aquellos que se involucran en ella saben que están saliendo de las formas institucionales muertas para producir un avance. ¿Pero qué dirección toma el cambio? Hacia iglesias de hogar, ministerios en los mercados, iglesias cibernéticas, reuniones de adoración independientes y abiertas a la comunidad, comunidades planificadas. Estas formas de iglesia resultan todas interesantes, ¿pero realmente representan un paso significativo hacia los propósitos más altos de Dios? ¿O son simplemente la misma cosa presentada dentro de un escenario distinto? ¿Desarrollan el mismo papel, pero colocándole aquellos nuevos títulos que adoptan los diferentes intérpretes? ¿Vivimos dentro de una cultura tan obsesionada por los cambios que hemos olvidado que la iglesia tiene que ver con transformación, y no con meros cambios?

Al lidiar con estas cuestiones, tenemos mucho que aprender de la historia del pueblo de Dios. Los seguidores de Cristo aprecian las historias que Dios nos ha dejado en su Palabra. Descubrimos mucho acerca de Dios, la vida, la cultura, y hasta sobre nosotros mismos, al seguir la trayectoria del pueblo de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Consideremos todo lo que podemos aprender de Moisés y de los israelitas en su lucha por llegar a la Tierra Prometida. O de las perspectivas que David logró desarrollar con esfuerzo en su ascenso de pastorcito pobre a rey de Israel. O de la difícil situación de los discípulos de Jesús cuando dejaron sus oficios para seguir al Señor, antes de que él enfrentara el martirio. De la misma manera, se puede aprender mucho de los esfuerzos de los cristianos primitivos (nuestros antepasados tanto física como espiritualmente) cuando procuraban ser la iglesia genuina que Cristo había comprado con su sangre.

Pero, ¿qué es lo que los cristianos modernos y posmodernos saben con respecto a la historia de la iglesia que pueda ayudarlos a dar forma a sus intentos presentes por honrar a Dios y ser iglesia? Resulta que muy poco. Y allí encontramos un problema significativo. Los historiadores han sostenido desde hace mucho tiempo que si no recordamos el pasado estamos destinados a repetirlo. Existe una vasta evidencia que apoya esa advertencia. Sin embargo, a menudo persistimos en nuestros esfuerzos, bien intencionados pero ignorantes, de procurar pulir o perfeccionar la vida.

La historia reciente de la iglesia cristiana en los Estados Unidos constituye un buen ejemplo de eso. Los grandes cambios producidos en la práctica espiritual de los últimos cincuenta años han sido mayormente cortinas. Se escoge una tendencia: mega iglesias, iglesias para buscadores, ciudades universitarias satélites, escuelas bíblicas de vacaciones, iglesias para niños, ministerios para grupos afines (o sea, ministerios para solteros, para mujeres, para hombres, para matrimonios jóvenes), música contemporánea de adoración, sistemas de proyección con grandes pantallas, donaciones a través de la transferencia electrónica de fondos, células, sermones que se pueden descargar a través de la computadora, bosquejos de los sermones impresos en los boletines, grupos Alfa. Todo ello constituye un intento de apoyarse en las estrategias de mercado para desarrollar las mismas actividades de diferente manera o en diferentes lugares, o dentro de un segmento en particular de la población total. Cualquiera de las dificultades que encontremos en los grandes escenarios institucionales generadores de estos esfuerzos, están invariablemente presentes en los ámbitos más pequeños y en todos los intentos de divergencia también.

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