Paganismo, ¿en tu cristianismo?

PAGANISMO ¿EN TU CRISTIANISMO?

EXPLORA LAS RAÍCES DE LAS PRÁCTICAS DE LA IGLESIA CRISTIANA

Un libro de Frank Viola y George Barna

Paganismo

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Prefacio

Cuando el Señor Jesús caminó por esta tierra, su principal oposición provino de los dos partidos religiosos principales de sus días: los fariseos y los saduceos.

Los fariseos hicieron agregados a las sagradas Escrituras. Obedecían la ley de Dios tal como era interpretada y aplicada por los escribas, los expertos en la ley que llevaban vidas pías y disciplinadas. Como intérpretes oficiales de la Palabra de Dios, a los fariseos se les concedía el derecho de crear la tradición. Ellos añadían a la Palabra de Dios página tras página de leyes humanas que se pasaban a las generaciones subsiguientes. A ese cuerpo de costumbres, guardadas por largo tiempo, con frecuencia se le llamaba «la tradición de los ancianos», y llegó a tener el mismo peso que las Sagradas Escrituras.

Los saduceos erraron por ir en la dirección opuesta. Ellos quitaban segmentos enteros de las Escrituras, afirmando que solo la ley de Moisés era digna de observarse. (Los saduceos negaban la existencia de espíritus, ángeles, el alma, la vida después de la muerte, y la resurrección).

No es de extrañar entonces que cuando el Señor Jesús entró en escena en la historia humana, su autoridad fuera fuertemente desafiada (ver Marcos 11:28). No encajaba dentro del molde religioso de ninguno de los bandos. Como resultado, tanto los fariseos como los saduceos desconfiaban de Jesús. Dicha desconfianza no tardó en convertirse en hostilidad. Y tanto los fariseos como los saduceos tomaron los pasos necesarios para llevar a la muerte al Hijo de Dios.

La historia se repite hoy. El cristianismo contemporáneo ha caído tanto en el error de los fariseos como en el de los saduceos.

En primer lugar, el cristianismo contemporáneo es culpable del error de los fariseos. O sea, ha añadido montañas de tradiciones humanamente creadas que han suprimido el liderazgo vivo, palpitante y funcional de Jesucristo como Cabeza de su iglesia.

En segundo lugar, siguiendo la tradición de los saduceos, se ha eliminado del panorama cristiano la mayor parte de las prácticas neotestamentarias. Gracias a Dios, tales prácticas están siendo restauradas en pequeña escala por aquellas almas osadas que han dado el paso aterrador de dejar el campamento seguro del cristianismo institucional.

Aun así, tanto los fariseos como los saduceos nos enseñan una lección a menudo ignorada: Es perjudicial diluir la autoridad de la Palabra de Dios, sea por adición o por sustracción. Quebrantamos las Escrituras tanto por enterrarlas debajo de una montaña de tradiciones humanas como por ignorar sus principios.

Dios no se ha quedado callado en lo que hace a los principios que gobiernan las prácticas de su iglesia. Permítanme explicarlo planteándoles algunas preguntas: ¿Dónde buscamos las prácticas a desarrollar en nuestra vida cristiana? ¿Dónde encontramos, en primer lugar, el modelo que nos permite comprender lo que es un cristiano? ¿No lo hallamos acaso en la vida de Jesucristo tal como está descrita en el Nuevo Testamento? ¿O lo tomamos prestado de algún otro lado? ¿Acaso de algún filósofo pagano?

Pocos cristianos cuestionarían el planteamiento de que Jesucristo, tal como lo presenta el Nuevo Testamento, es el modelo para la vida cristiana. Jesucristo es la vida cristiana. Del mismo modo, cuando Cristo se levantó de los muertos y ascendió al cielo, dio lugar al nacimiento de su iglesia. Esa iglesia era él mismo en una forma diferente. Ese es el sentido de la expresión «el cuerpo de Cristo».

Por lo tanto, en el Nuevo Testamento encontramos la génesis de la iglesia. Yo creo que la iglesia del primer siglo fue la iglesia en su estado más puro, antes de contaminarse y corromperse. Eso no quiere decir que la iglesia primitiva no tuviera problemas; las epístolas de Pablo dejan en claro que sí los tenía. Sin embargo, los conflictos que Pablo enfrentó resultan inevitables cuando gente que viene de un estado caído procura formar parte de una comunidad unida.

La iglesia del primer siglo era una entidad orgánica, un organismo vivo, palpitante, que se expresaba de una manera muy diferente de lo que se expresa la iglesia institucional en nuestros días. Y esa expresión revelaba a Jesucristo sobre la tierra por medio de su cuerpo, funcionando a través de cada uno de sus miembros. En este libro intentamos mostrar de qué manera ese organismo estaba desprovisto de muchas de las cosas que nosotros abrazamos hoy.

Las prácticas normativas de la iglesia del primer siglo constituyeron la expresión natural y espontánea de la vida divina que inhabitaba a los cristianos primitivos. Y esas prácticas se fundamentaron sólidamente en los principios y enseñanzas del Nuevo Testamento, que son eternos. Por contraste, una gran cantidad de las prácticas de muchas iglesias contemporáneas están en conflicto con esos principios y enseñanzas bíblicas. Cuando profundizamos un poco, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿De dónde vienen las prácticas de la iglesia contemporánea? La respuesta resulta perturbadora: La mayoría de ellas han sido tomadas prestadas de la cultura pagana. Escuchar semejante afirmación les produce un corto circuito mental a muchos cristianos. Pero se trata de un hecho histórico incuestionable, y este libro lo va a demostrar.

Así que alegaremos que, en los terrenos teológico, histórico y pragmático, la visión de la iglesia que nos brinda el Nuevo Testamento es la que mejor representa el sueño de Dios: la amada comunidad que él intenta crear y recrear a través de cada capítulo de la historia humana. La iglesia del Nuevo Testamento nos enseña cómo se expresa la vida de Dios cuando un grupo de personas comienzan a vivir juntas de esa manera.

Más aun, mi propia experiencia al trabajar con iglesias que funcionan de manera orgánica, confirma esta afirmación. (Una iglesia que funciona como un organismo es aquella que ha nacido a partir de una vida espiritual en lugar de ser construida por una institución humana y sostenida a través de programas religiosos. Las iglesias orgánicas se caracterizan por llevar a cabo reuniones guiadas por el Espíritu y abiertas a la participación, y por un liderazgo no jerárquico. Esto presenta un marcado contraste con la iglesia conducida como una institución y liderada por el clero). Mi experiencia en los Estados Unidos y en otros países es que cuando un grupo de cristianos procura seguir la vida del Señor que habita en ellos, las mismas características extraordinarias que marcaron a la iglesia del Nuevo Testamento comienzan a emerger en forma natural.

Esto sucede porque la iglesia en realidad es un organismo. Como tal, tiene un ADN que siempre produce los mismos rasgos característicos si se le permite crecer naturalmente. Las iglesias orgánicas sí presentarán ciertas diferencias, surgidas de las culturas en que operan. Pero si la iglesia está siguiendo la vida de Dios, que la inhabita, nunca reproducirá las prácticas no tienen su origen en las Escrituras que aborda este libro. Tales prácticas constituyen elementos foráneos que el pueblo de Dios empezó a asimilar de sus vecinos paganos a partir del siglo cuatro. Recogió esos elementos, los abrazó, los bautizó, y los denominó «cristianos». Es por eso que la iglesia se encuentra en este estado hoy: obstaculizada por interminables divisiones, luchas por el poder, pasividad y falta de transformación en la gente que conforma el pueblo de Dios.

En síntensis, este libro se dedica a exponer las tradiciones que han sido agregadas a la voluntad de Dios para su iglesia. Nuestro propósito es sencillo: procuramos quitar de en medio una buena cantidad de desechos y de esa manera dejar espacio para que el Señor Jesucristo se constituya en la cabeza de su iglesia sin limitaciones de tipo alguno.

También hacemos un planteamiento escandaloso: que  en su forma institucional actual la iglesia no tiene derecho a funcionar como lo hace, ni desde la perspectiva bíblica ni la histórica. Nuestro planteamiento se basa, por supuesto, en la evidencia histórica que presentamos en el libro. Ustedes deben decidir si es válido o no.

Esta no es una obra para eruditos, así que no es de ninguna manera exhaustiva. Un tratamiento riguroso del origen de las prácticas de la iglesia contemporánea llenaría varios volúmenes. Y sería leído por pocas personas. Aunque este es un solo tomo, incluye una buena cantidad de historia. Pero el libro no identifica todos los aspectos históricos secundarios. Más bien se enfoca en trazar las prácticas centrales que definen la corriente principal del cristianismo hoy.

Debido a que resulta muy importante comprender las raíces de donde surgen las prácticas de la iglesia actual, deseamos que todo cristiano que sepa leer y escribir tenga acceso a esta obra. Por lo tanto, hemos elegido no emplear lenguaje técnico, sino escribir en un español sencillo.

Al mismo tiempo, aparecen en todos los capítulos notas al pie que contienen un material suplementario de detalles y fuentes. Los cristianos reflexivos que deseen verificar nuestras afirmaciones y lograr una comprensión más profunda de los temas que cubrimos deberían leer las notas al pie. Aquellos a los que nos les preocupan tales detalles, las pueden ignorar. Las notas al pie ocasionalmente califican o clarifican afirmaciones que fácilmente se pueden entender mal.

Finalmente, me encanta haber trabajado con George Barna en esta edición revisada. Su don, nada común, para realizar investigaciones agradables de leer ha fortalecido esta obra. En resumen, este libro demuestra más allá de cualquier polémica que aquellos que han abandonado el redil del cristianismo institucional para formar parte de una iglesia orgánica tienen el derecho histórico de existir, dado que la historia demuestra que muchas de las prácticas de la iglesia institucional no tienen arraigo en las Escrituras.

Gainesville, Florida

Junio del 2007

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