Posdata de la Creación Recuperada (6)

Cosmovisión entre Historia y Misión de Mike Goheen y Al Wolters

La contextualización: discerniendo la estructura y la dirección

Entonces, ¿esto quiere decir que si somos una iglesia fiel la única relación que tendremos con nuestra cultura será una de confrontación polémica? Los misioneros han tenido que lidiar con este dilema por mucho tiempo. Por un lado está el deseo de ser fiel al evangelio y sus exigencias. La razón por la cual se meten en otra cultura—para testificar de las buenas nuevas—depende de ello. Si las exigencias del evangelio se modifican para acomodarse a las creencias religiosas de aquella cultura, no hay ningún evangelio para proclamar, o al menos no uno completo. Por otra parte, el misionero quiere sentirse a gusto en la otra cultura. Si el evangelio se percibe como algo foráneo, será rechazado. ¿Puede vivir uno en solidaridad con la cultura, y a la vez desafiarla? ¿Es posible sentirse a gusto con la cultura, y a la vez estar en contra del entorno cultural? Intentar contestar esta pregunta es lo que los estudiosos del concepto de misión llaman “la contextualización”.

La Biblia exige que el pueblo de Dios contribuya con el desarrollo de su cultura. El “mandato cultural” por así decirlo (Gen. 1:28) enseña que la vida humana que Dios creó es así. También estar comprometido con el señorío de Cristo, como aquél que no sólo creó la cultura entera sino que la está renovando, exige alguna solidaridad con, y participación en, el proceso cultural. Además, negarse a participar en el desarrollo cultural—algo que no es posible—sería relegar esa parte de la creación de Dios al “mundo” y sus idolatrías. Porque la Biblia también nos enseña que toda la vida humana, y el desarrollo cultural en particular, es moldeada por la idolatría. Como dijo Calvino, el corazón del ser humano es una fábrica de ídolos, y dicha idolatría moldeará las instituciones políticas, económicas, educativas y sociales en las que participamos. ¿Cómo es posible no estar conformados a los patrones idólatras de nuestra cultura, y, a la vez, ser renovados en nuestras mentes acerca de nuestra tarea cultural (Rom. 12:1-2)? Entre más tomemos en serio estas dos realidades—que el cristiano debe dar testimonio a todos de las buenas nuevas del reino, y que la cultura del mundo está moldeada por una idolatría comunal—más sentiremos una “tensión insoportable.”

Esa tensión insoportable es el producto de esos dos factores. Primero, la iglesia forma parte de una sociedad que personifica una historia cultural. Dicha historia cultural está arraigada, al menos en parte, en una fe religiosa idólatra que tiende a moldear cada parte de la vida humana, y se manifiesta en una comunidad. Segundo, la comunidad cristiana encuentra su identidad en otra historia que también está arraigada en la fe, es igualmente comprehensiva, y se manifiesta en la sociedad. Entonces la tensión insoportable surge por esta “personificación doble” en la vida del pueblo de Dios. Como miembros de la comunidad cultural, los creyentes son moldeados por su historia cultural. Como miembros de la nueva raza humana, si son fieles son moldeados por la historia bíblica. La historia bíblica y la historia cultural con que compite están en desacuerdo, pero a la vez “se encuentran” en la vida del pueblo de Dios. Entre más profunda sea la conciencia de esta tensión y la disposición de asumirla, más sana es la iglesia. Entre más evite o ignore esta tensión, más peligro corre la iglesia de acomodarse a la idolatría del mundo. La meta de la contextualización es aceptar la tensión y buscar la forma de resolverla de una manera que no comprometa el evangelio.

Una manera positiva de resolver la tensión es tener presente la importante distinción entre la estructura y la dirección. Todo producto, institución y costumbre de la cultura contiene algo de lo bueno de la estructura creacional de Dios. A la vez, todo ello, en algún grado, está mal direccionado por la idolatría cultural compartida. La misión del pueblo de Dios es discernir y aceptar las buenas estructuras y elementos creacionales, y a la misma vez rechazar y subvertir la distorsión idólatra. Así fue como la iglesia primitiva llevó a cabo su misión en el imperio pagano de Roma. Dos ejemplos de las Escrituras pueden ilustrar este punto: la instrucción de Pablo en cuanto al hogar (oikos), y el uso de Juan de las categorías griegas clásicas.

La iglesia primitiva nació en el entorno cultural del Imperio Romano. La institución social básica en las tierras de Imperio Romano era el oikos. La palabra oikos normalmente se traduce “hogar,” pero era una institución muy distinta de lo que nosotros llamamos hogar hoy en día. Cuando utilizamos este término normalmente nos referimos a la familia nuclear que consiste de los padres y sus hijos. En el Imperio Romano, el oikos incluía no sólo la familia nuclear y la familia extendida, sino también los sirvientes y los esclavos. Abarcaba las relaciones económicas y también aspectos de la autoridad judicial. El oikos romano había sido moldeado por la idolatría de la cultura romana. La autoridad del padre o paterfamilias era prácticamente ilimitada e incluía el poder de vida y muerte. Él era el kurios o señor del hogar. Todo el oikos era moldeado por este concepto unilateral de la autoridad paternal, que frecuentemente llevaba a abusos terribles. En los tiempos del Nuevo Testamento, esta institución social era, en muchos sentidos, una entidad muy distorsionada y corrupta.

¿Qué haría la iglesia primitiva con esta institución fundamental que enfrentaba—esta piedra angular de la sociedad romana? ¿La rechazaría para proceder a inventar nuevas formas de matrimonio, familia y prácticas económicas? No, su deseo era sentirse a gusto en su cultura y personificar las buenas nuevas en las relaciones normales de la vida. ¿Simplemente la afirmaría o adoptaría? No, eso sería comprometer el evangelio al aceptar una institución social gravemente distorsionada. La iglesia primitiva reconocía que no solo tenía que sentirse a gusto en la cultura, sino que también tenía que estar en desacuerdo con las suposiciones religiosas que sostenían y moldeaban esa cultura. La iglesia primitiva tenía muy presente la idolatría que daba al Imperio Romano su forma. Había una tensión entre la vida que exigía el evangelio y las suposiciones religiosas idólatras de la cultura romana. Y esa tensión era precisamente la fuente de la fidelidad.

En vez de simplemente rechazar o afirmar el hogar, lo subvirtieron o reformaron. Discernieron las relaciones creacionales dentro del hogar—esposo-esposa, padres-hijos, patrón-empleado, etcétera. Transformaron esas relaciones. Las desarraigaron del suelo del paganismo romano y las trasplantaron al suelo del evangelio. La estructura creacional fue reconocida y afirmada; la distorsión de esas relaciones fue rechazada. Podemos leer Efesios 5 desde esta perspectiva. La exhortación de Pablo a los esposos, a que amaran a sus esposas de una manera sacrificada, a que cuidaran a sus hijos con amor y a que trataran a sus esclavos con respeto, era radical.  Al pedir a las mujeres y a los esclavos que se sometieran voluntariamente por causa del Señor, les estaba otorgando dignidad y era un concepto revolucionario. Esas relaciones fueron transformadas. Cuando la iglesia primitiva era obediente, el oikos que se manifestaba era muy distinto del que la sociedad conocía. Para los romanos de la época, ese oikos era reconocible como institución, pero una institución transformada de manera fundamental. El padre usaba su autoridad para servir sacrificadamente, en vez de dominar a todos. A las esposas, niños y esclavos se les otorgaba una dignidad nunca antes conocida.

Otro ejemplo es la manera en que Juan usa ciertos términos griegos cargados de significado para escribir su evangelio. Al igual que los otros autores del Nuevo Testamento, Juan utiliza el lenguaje y formas de pensamiento de la cultura helénica. Los que escucharon el mensaje entendieron inmediatamente esas palabras y categorías conocidas; sin embargo, el uso que Juan da a las palabras, a menudo, representa un ejemplo claro del conflicto entre el evangelio y la cultura humana pagana. Juan usa libremente el lenguaje y formas de pensamiento de la religión y cultura clásicas del mundo de sus oyentes—luz y oscuridad, cielo y tierra, carne y espíritu, etcétera. Estos términos expresan la cosmovisión pagana que los sustenta. Aun así, Juan usa esos términos y formas de pensamiento para presentar a sus oyentes una cuestión fundamental y hasta una contradicción. Juan empieza con el anuncio de que “En el principio era el logos.” Lo que sigue deja en evidencia que el logos no es la ley impersonal de la racionalidad que impregna y le da orden al universo, sino el hombre Jesucristo. El logos se hizo sarx. Al principio, Juan se identifica con el anhelo clásico de llegar a la fuente del orden expresado en el término logos, pero luego trastoca, desafía y contradice el concepto idólatra que la racionalidad había desarrollado en el mundo clásico. De esta manera, Juan es pertinente y fiel a la vez: pertinente porque usa categorías que expresan las luchas existenciales; fiel porque utiliza el evangelio para cuestionar la cosmovisión que da forma a estas categorías.

Esta manera de acercarse a la cultura no sólo se aplica al lenguaje y la comunicación verbal misionera. Es el proceso por medio del cual la comunidad cristiana interactúa con todas las diferentes instituciones y costumbres de la cultura. El evangelio dice un “Sí” y un “No” a cada forma cultural—sí a la estructura creacional y no a la distorsión pecaminosa. La iglesia debe discernir lo que esto significa en cada situación.

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