Posdata de la Creación Recuperada (5)

Cosmovisión entre Historia y Misión de Mike Goheen y Al Wolters

El sufrimiento y los conflictos en la tarea misionera

El término “traslapo de los tiempos” nos da una idea más clara de la era redentora en que vivimos. El lenguaje de “el tiempo antiguo” y “el tiempo venidero” estaba firmemente establecido en la teología judía para la época de Jesús. Tanto Jesús como Pablo utilizan esta terminología. El tiempo antiguo designaba el periodo dominado por el pecado, la maldad y el diablo. El tiempo venidero es sinónimo del reino de Dios. Los poderes malignos y Satanás están trabajando intensamente en la época antigua. La llegada del Espíritu significa que el poder renovador del tiempo venidero ha invadido la historia desde el futuro. Los judíos esperaban que el poder salvífico del Espíritu derrotara y aboliera por completo el poder maligno y toda la oposición al reinado libertador de Dios. Eso no fue lo que sucedió. En vez del fin del tiempo antiguo y el principio del tiempo venidero, la venida de Cristo introdujo un traslapo de las eras en que los poderes malignos siguen coexistiendo con el poder renovador y sanador del tiempo venidero (Mt. 13:24-30, 36-43). Este período es caracterizado por una lucha entre estos dos “poderes”. De hecho, vivimos en una época en que se ha intensificado la antítesis entre los dos reinos.

La historia de este “tiempo entre los tiempos,” entonces, no va a ser una de progreso sin contratiempos, o de un desarrollo lineal e incremental del reino hacia su consumación. Tampoco nuestra misión se parecerá a una firme marcha victoriosa hacia el fin. Más bien, esta era redentora trae mucho conflicto reñido, con muchas bajas. Nuestra misión nos costará mucho e involucrará el sufrimiento. Pablo dice que “todos los que quieren vivir una vida piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Tim. 3:12; ver también Hch. 14:22). La importancia que le damos al sufrimiento en nuestro concepto de la misión de la iglesia tal vez defina el punto hasta el cual se parezca a la presentada en el Nuevo Testamento.

Esto ya se sugirió en el capítulo 4 con la analogía de Oscar Cullman del fin de la Segunda Guerra Mundial. La muerte y resurrección de Jesús son como el “Día D,” y su segunda venida como el “Día V.” En Europa en 1944 y 1945, el lapso entre los dos eventos era un tiempo de conflicto. Esta analogía, con su discurso de vencer por completo al enemigo, puede ser malentendida, dando a entender que nuestra misión es una marcha a paso firme hacia la victoria final. Por supuesto, es importante enfatizar en la enseñanza bíblica que la victoria final es segura. El libro de Hechos muestra el progreso de la Palabra a través del Imperio Romano tal y como la iglesia la personificaba y anunciaba. Lucas dice que “así crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor” (Hch. 19:20; ver también 6:7; 12:24). Aunque existe el riesgo de que estas palabras se tomen de una manera triunfalista, no podemos ignorar la enseñanza de las Escrituras acerca de la victoria final. El evangelio tiene poder y la iglesia sabe que el Cristo exaltado y su Espíritu actuarán en y a través de la misión de la iglesia. No obstante, mientras se desarrolla la historia de la difusión del evangelio en el libro de Hechos, se habla de mucho sufrimiento, bajas, y victorias que a lo mejor no hubieran parecido muy significativos en el Imperio Romano. “La guerra sigue” y todavía estamos “peleando una batalla feroz.”

La misión incluye el sufrimiento: la fidelidad al evangelio del reino significa un encontronazo misionero con los poderes idólatras de nuestra propia cultura. Una fidelidad leal a la misión de nuestro reino significará un choque de historias comprehensivas. El evangelio exige que entreguemos la totalidad de nuestras vidas. La historia que moldea nuestra cultura occidental también es una historia comprehensiva que exige la entrega total. El evangelio y la historia de nuestra cultura son incompatibles. Toda gran narrativa personificada en la cultura busca ser no solo la historia dominante, sino la exclusiva. Si nosotros, como iglesia, queremos ser fieles a la historia bíblica comprehensiva, tendremos que decidir si vamos a acomodar la historia bíblica a la de nuestra cultura, y vivir como una comunidad minoritaria tolerada, o permanecer fieles y experimentar algún grado de conflicto y sufrimiento.

Nuestra misión se lleva a cabo al pie de la cruz. Las buenas nuevas pueden provocar oposición, conflicto y rechazo (Jn. 15:18-25). Anunciamos y personificamos una victoria que permanece oculta hasta el día final. Por lo tanto, la personificación de esa victoria a menudo parece, ante los ojos del mundo, debilidad o hasta tontera. No obstante, la victoria de la cruz se aseguró en la resurrección. Hasta que esa vida de resurrección llegue en su plenitud, la misión de la iglesia será una de sufrimiento y conflicto.

Se ha cuestionado por qué la iglesia de Occidente es una de las pocas iglesias en el mundo que no enfrenta sufrimiento y persecución. Una de las respuestas es que la iglesia no ha sido fiel a las exigencias comprehensivas del evangelio. Ha ajustado la historia bíblica al establecer un dualismo que permite un acomodo con la gran narrativa secular de un progreso racionalista que ha formado mucha de la cultura occidental. Sin duda, este reclamo tiene mucha verdad. Por otro lado, posiblemente hay una razón más positiva. La cultura occidental, aunque es cada vez más secular y humanística, por siglos ha sido sazonada, en algún grado, con el evangelio. Esto aminora la tensión—pero también puede incrementar el peligro y la tentación hacia un acomodo. En una época de creciente neo-paganismo, donde el impacto del evangelio se siente cada vez menos en la vida pública, puede ser un momento oportuno para volver a enfatizar la enseñanza bíblica acerca de la fidelidad y el sufrimiento.

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