Posdata de la Creación Recuperada (4)

Cosmovisión entre Historia y Misión de Mike Goheen y Al Wolters

Nuestro lugar en el relato bíblico y el llamado misionero de la iglesia

Vivir una vida fiel a la Biblia significa más que entender sus dimensiones narrativas en general; también debemos entender nuestro lugar dentro del relato. N. T. Wright lo subraya de una manera que facilita su entendimiento. El adopta las cuatro preguntas fundamentales relacionadas con la cosmovisión que proponen Richard Middleton y Brian Walsh: ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? ¿Qué es lo que está mal? ¿Cuál es el remedio? El tratamiento dado a la creación, la caída y la redención en los capítulos anteriores de este libro ofrece respuestas a esas preguntas. Sin embargo, Wright cree que hay otra pregunta básica importante: ¿Qué hora es? Si nuestra cosmovisión va a reflejar la forma narrativa de la Biblia, es esencial que nos preguntemos dónde estamos dentro de la historia bíblica del mundo.

Aquí hay que explicar en mayor detalle lo que se dijo en el capítulo 4 sobre la redención. Estamos viviendo en la época del reino conocida como “ya – todavía no”. Hoy día no sentimos la sorpresa y la complejidad que tal expresión hubiera ocasionado en la Palestina del primer siglo. ¿Cómo puede algo ya estar aquí sin haber llegado todavía? ¿Ha llegado la culminación de la historia, o no? Y al no entender qué tan raro esto hubiera parecido a un judío del primer siglo, generalmente no nos preguntamos “¿Por qué─por qué será así?

En el Antiguo Testamento, se esperaba el cumplimiento de la obra redentora de Dios en el futuro. Dicha obra se consumaría con la llegada del reino mediante la obra del Mesías y del Espíritu. Sería el momento clave, el tiempo del fin cuando la historia alcanzaría su meta. Jesús hace el anuncio asombroso de que el reino de Dios ha llegado. No obstante, el fin no llega como se anticipaba. Los profetas prometían un juicio final pero no llega como Juan y otros judíos esperaban (Lc. 3:7-9; Jn. 3:17). Hasta Juan el Bautista está confundido y se pregunta si debería estar buscando a alguien más (Lc. 7:18-23). Jesús aclara que el reino está aquí pero que debe permanecer en secreto. Al completarse la obra mesiánica de Jesús, la pregunta “¿Por qué?” se hace aun más urgente. Al presenciar el comienzo de la resurrección de los muertos en Jesús y escuchar hablar del Espíritu prometido y la llegada del reino (todo lo cual les suena a los judíos como el fin), los discípulos hacen la pregunta obvia: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” (Hch. 1:6). El reino ya no puede permanecer en secreto, ¿verdad?

Jesús contesta la pregunta con una respuesta dividida en tres partes. “¿Qué hora es?”. Primero, el reino no llegará todavía (Hch. 1:7). No les corresponde a los discípulos saber cuando el Padre va a traer el reino. Por lo tanto, el juicio final no llega todavía.
En la segunda parte de su respuesta, Jesús dice que Dios les va a dar el Espíritu. Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron que en los últimos días el Espíritu sería derramado para que se lograra la salvación prometida (lsaías, Jeremías, Joel). Cuando el Espíritu desciende el Día de Pentecostés, Pedro lo interpreta como el cumplimiento de las palabras de Joel: “En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres” (Hch. 2:17). El Espíritu trae la salvación del reino del tiempo del fin a la mitad de la historia. Pablo utiliza dos imágenes para explicar que el Espíritu ya ha traído la salvación del reino, pero que todavía no la ha traído en su plenitud: lo que se tiene son el depósito y los primeros frutos (los primeros en ser salvos). El Espíritu es el depósito de la salvación. En términos de la cultura palestina del primer siglo, no se trata de un pagaré, sino de un enganche en efectivo. Y conlleva la promesa y la seguridad de que una cantidad de dinero mucho mayor va a llegar. El Espíritu trae la salvación real con una garantía de que falta más. El Espíritu viene a ser los primeros frutos de la salvación de los últimos das. Es parte de la cosecha, con la promesa de que falta el resto. Otra imagen que se usa en el Nuevo Testamento es la de una pruebita (“saborearon las buenas nuevas de Dios”, Heb. 6:5). Hoy los creyentes pueden saborear el banquete del reino pero falta la fiesta final. Estas tres imágenes señalan la misma cosa: la salvación de los últimos días ya ha llegado y puede ser experimentada. Somos “para quienes ha llegado el fin de los siglos” (1 Cor. 10:11). Sin embargo, la consumación final de ese reino no llega todavía.

El tercer componente de la respuesta de Jesús es que la iglesia solo ha recibido una ‘pruebita’ del Espíritu para que pueda testificar del reino hasta lo último de la tierra (Hch. 1:8). Si el reino llega en su plenitud, no hay ningún espacio ni oportunidad para el arrepentimiento. El aplazamiento del fin abre más espacio; el don del Espíritu trae salvación al pueblo de Dios para que pueda dar a conocer el hecho de que el fin ha de venir. Otros autores del Nuevo Testamento señalan la misma realidad con diferentes términos. Dios es paciente y benévolo, pospone el juicio porque no quiere que nadie perezca, quiere que todos se arrepientan (Mt. 24:14). Esta es una era de testificar: el juicio ha sido pospuesto para que el pueblo de Dios pueda testificar del reino de Dios y para que todos puedan arrepentirse y entrar al reino de Dios. Esta es una era de misión: el mandato del pueblo de Dios es continuar la misión del reino de Jesús. ¿Qué hora es? Es hora de testificar y cumplir con la misión.

El lenguaje de la “testificación” y la “misión” puede malentenderse fácilmente. Con frecuencia la testificación y la misión se han reducido al envío de misioneros y evangelistas, o encuentros evangelísticos con nuestros vecinos o compañeros de trabajo. Mientras que todo eso es importante, el testificar no puede ser reducido a una articulación verbal del evangelio, ni a un tipo de actividad de servicio. Somos llamados a testificar acerca del reino de Dios con todas las facetas de nuestras vidas. En vista de que es un testimonio del reino, y debido a que ese testimonio es de palabra, de hechos y de vida, en cierta manera podemos decir que toda nuestra vida es un testimonio. La tarea del pueblo de Dios es dar a conocer las buenas noticias del renovado gobierno de Dios sobre toda la creación. La autoridad real de Cristo se extiende sobre todo el mundo. La misión de Dios es igualmente comprehensiva: personificar la buena noticia de que Jesús reina de nuevo sobre el matrimonio y la familia, los negocios y la política, el arte y el deporte, la recreación y la erudición, el sexo y la tecnología. Puesto que el evangelio trata del reino, esa misión es tan amplia como la creación. El Testimonio Contemporáneo de la Iglesia Cristiana Reformada de Norteamérica, titulado Nuestro mundo pertenece a Dios, lo confiesa elocuentemente:

El Espíritu lanza al pueblo de Dios hacia la misión global. Impulsa a jóvenes y ancianos, a hombres y mujeres, a ir a la casa a la par y a lugares lejanos, a las ciencias y a las artes, a los medios de comunicación y a los negocios, con las buenas nuevas de la gracia de Dios. . . (32)

Siguiendo a los apóstoles, la iglesia es enviada, enviada con el evangelio del reino… En un mundo alejado de Dios, donde millones tienen que enfrentarse a decisiones confusas, esta misión es parte esencial de nuestro ser. (44)

El gobierno de Cristo cubre el mundo entero. Seguir a este Señor es servirlo en todas partes, aunque no calcemos, como luz en la oscuridad, como sal en un mundo en descomposición. (45)

En la sección titulada “La misión del pueblo de Dios”, el Testimonio Contemporáneo aborda asuntos como el aborto inducido, la eutanasia, género y sexualidad, la vida de soltero, el matrimonio y la familia, la educación, el trabajo, la tecnología, la política, la guerra y la paz. Todos tienen que ver con la misión. Sin embargo, estos grandes asuntos de la cultura y la sociedad no son los únicos que forman parte de la misión de la iglesia; nuestra misión también es dar testimonio en los asuntos cotidianos de nuestras vidas privadas. Sin duda la mayor parte de nuestra existencia consiste en las cosas cotidianas. Dormimos, trabajamos, comemos, descansamos, contamos historias, cantamos canciones, jugamos juegos, nos casamos, criamos a nuestros hijos, atendemos a los enfermos, visitamos a nuestros parientes, y enterramos y lloramos a nuestros muertos. Aún si somos pastores, misioneros o evangelistas, dedicamos la mayoría de nuestro tiempo terrenal a estas actividades cotidianas. Es precisamente en estas actividades ordinarias que la comunidad cristiana es llamada a dar testimonio del evangelio. La forma misma de nuestras vidas tiene que ser una carta legible que habla de Cristo y su gobierno. Cuando explicamos el evangelio, nuestra presentación verbal debe estar incrustada en el tejido de nuestras vidas cristianas diarias, el cual como un todo da testimonio del poder salvífico de Cristo.

Este es otro aspecto de nuestro énfasis anterior sobre la importancia fundamental de la creación y la redención como restauradora. Es en la gloria ricamente matizada de la vida humana restaurada, en la cual las madres cantan arrullos a sus bebés y los niños corren para sentir el simple gozo de la velocidad, que Dios quiere ser glorificado por nuestro servicio y testimonio de él, para que todo el mundo pueda ver cómo es la vida humana redimida, a pesar de las cicatrices y flagelos del pecado y la muerte. Tanto individual como comunalmente, debemos estar señalando hacia el reino de Jesucristo.

Dos imágenes encapsulan este llamado: tenemos que ser “posteadores” del reino. Pablo dice que la iglesia debe ser “columna y sostén de la verdad” (1 Tim. 3:15). No quiere decir que como el pueblo de Dios debemos de alguna manera apuntalar, sostener o proteger la verdad de Dios. Más bien, la idea que esta imagen quiere comunicar es que nosotros como iglesia somos, colectivamente, como las paredes y postes en que se escribía el grafiti del mundo antiguo, donde se dejaban mensajes para todos los que iban pasando. Esas eran las vallas del mundo antiguo. La vida de la iglesia debe ser como un rótulo grande que transmite la buena noticia de que el reino viene en camino. Este anuncio se da en lo extraordinariamente ordinario de nuestras vidas cotidianas—extraordinario debido al poder renovador del Espíritu, ordinario debido a lo común y corriente de nuestra existencia diaria. O, para decirlo de otra manera, extraordinario en cuanto a dirección, pero ordinario en cuanto a estructura.

Una segunda imagen es la del “tráiler” del reino. Con su llegada, el Espíritu trajo la salvación del futuro y la iglesia se constituyó como un vistazo al reino. El tráiler de una película muestra algunas escenas para despertar el interés del público acerca de lo que viene. La iglesia ofrece un vistazo al reino, muestra escenas reales de cómo va a ser el reino para interesar a los incrédulos en el futuro. Por medio de dichos tráiler del futuro, la iglesia es llamada a dar testimonio de Jesús y su gobierno venidero en sus vidas cotidianas, tanto con sus hechos como con sus palabras de explicación. Lesslie Newbigin resumió el significado misionero del aspecto “ya-todavía no” del reino con palabras conmovedoras: “El significado del ‘traslapo de los tiempos’ en el cual vivimos, el tiempo entre la venida de Cristo y su regreso, es que es el tiempo otorgado para que la iglesia testifique hasta los confines de la tierra.”

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