Del libro de Chris Wright “El Dios que no entiendo” (5)

Dios Wright

La tierra de Israel

Desde la ocupación de Palestina por los colonos judíos a principios del siglo XX y el establecimiento del moderno estado de Israel tras la guerra de 1947-48, la tierra y el estado de Israel han figurado de manera prominente en algunos escenarios de los últimos tiempos. Con frecuencia, estos puntos de vista están basados en interpretaciones de las profecías del Antiguo Testamento sobre la tierra de Israel que no toman en consideración cómo se relacionan esos textos con Cristo y el Nuevo Testamento. Esto es, saltan alegremente las páginas de Ezequiel y aterrizan en el siglo XX, sin hacer referencia a lo que enseña el Nuevo Testamento sobre el cumplimiento de las esperanzas del Antiguo Testamento en la vida, muerte y resurrección de Jesús.

En el Antiguo Testamento, por supuesto, la promesa y la dádiva de la tierra constituyen un componente principal de la fe de Israel. Pablo nos recuerda que todas las promesas del Antiguo Testamento tienen su «Sí y Amén» en Cristo (2 Corintios 1:20). Ya sean cristianos o judíos, los creyentes en Cristo constituyen la simiente espiritual de Abraham y son herederos del pacto y la promesa (Gálatas 3:26-28; cf. Romanos 4:11-12). Pero esa promesa hecha a Abraham tenía la tierra como un componente principal. Si todos los grandes temas de la fe y el ritual del Antiguo Testamento convergen tipológicamente en Cristo, ¿dónde encaja la tierra?

El Nuevo Testamento no otorga un lugar teológicamente especial a la tierra de Palestina, simplemente como territorio. La tierra como lugar santo ha dejado de tener relevancia para los cristianos. El vocabulario de bendición, santidad, promesa, dádiva, herencia, reposo, etcétera, nunca se utiliza con referencia al territorio habitado por el pueblo judío en ningún lugar del Nuevo Testamento, como sucede con tanta frecuencia en el Antiguo. Todas estas realidades «territoriales» fueron transferidas al propio Cristo (al igual que los sacrificios, el sacerdocio, el templo y el reinado).

La enseñanza de Pablo sobre el nuevo estatus de los gentiles en Cristo (Efesios 2:11—3:6) es rica en las imágenes de la tierra del Antiguo Testamento: los gentiles, antes de la venida de Cristo, estaban «excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa»; esto es, no tuvieron participación en el parentesco territorial de la membresía de Israel (2:12). Pero a través de la cruz de Cristo, los «gentiles» ya no son extraños ni extranjeros (arrimados sin tierra), sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (2:19). Esto habla de permanencia, seguridad, fusión y responsabilidad práctica (cf. 3:6). Esto es exactamente lo que significa «estar en la tierra» para el Israel del Antiguo Testamento. Pero ahora disfrutan de la misma seguridad todos los gentiles que creen en Cristo, así como los creyentes judíos. Lo que Israel tuvo a través de su tierra, lo tienen ahora todos los creyentes a través de Cristo. Ahora el mismo Cristo asume el significado de la función de esa vieja calificación de parentesco territorial. Estar «en Cristo» conlleva el mismo estatus y responsabilidades que estar «en la tierra».

El autor de Hebreos quería confirmar a los judíos creyentes en Jesús que no habían perdido nada de su gran herencia, sino más bien que lo tenían todo más rica y eternamente en Cristo. Fíjese en lo que les dice que «tenemos»: Tenemos la tierra —descrita como el «reposo»— que ni Josué no logró al final para Israel, pero en la cual nosotros podemos entrar a través de Cristo (Hebreos 3:12—14:11). Tenemos un sumo sacerdote (4:14, 8:1, 10:21). Tenemos esperanza a través del pacto (6:19-20). Tenemos acceso libre al Lugar Santísimo, de manera que tenemos la realidad del tabernáculo y el templo (10:19). Nos hemos acercado al monte Sión (12:22). Tenemos un reino (12:28). De hecho, de acuerdo con Hebreos, la única cosa que no tenemos aquí es una ciudad territorial, terrenal (13:14). A la luz de todos los demás «tenemos» positivos, esta clara negativa se destaca como lo más significativo. No hay «tierra santa» ni «ciudad santa» para los cristianos. No tenemos necesidad de ninguna de las dos. Tenemos a Cristo.

También debemos señalar que en ninguna parte el Nuevo Testamento basa sus enseñanzas sobre el futuro de cristianos o judíos o de los acontecimientos del mundo circundante en un estado de Israel renovado e independiente en la tierra. En tiempos del Nuevo Testamento, por supuesto, no había estado de Israel; Judea y otras partes de la tierra eran dependencias del Imperio Romano. No había habido un estado independiente llamado Israel sobre esa tierra desde la caída de Samaria ante los asirios en 721 a.C. Por supuesto, Pablo habla del continuo amor de Dios por los judíos y de que estos han sido injertados de nuevo en su olivo original a través de la fe en Jesús. Pero es un completo error equiparar lo que enseña el Nuevo Testamento sobre el pueblo judío en general únicamente con el moderno estado de Israel.

Ahora bien, por supuesto que no sorprende que muchos judíos sientan un gran apego por la tierra de sus antepasados, o que continúen manteniendo una interpretación territorial de la tierra prometida a Abraham, pues no aceptan la fundamental premisa cristiana de que, como dice Pablo, «la promesa hecha a nuestros antepasados […] Dios nos la ha cumplido plenamente a nosotros, los descendientes de ellos, al resucitar a Jesús» (Hechos 13:32-33). Hay que decir, sin embargo, que no todos los judíos han apoyado el establecimiento del estado de Israel por cualquier medio o aprobado todas sus acciones durante el pasado medio siglo, y muchos judíos sinceros rechazan el sionismo en lo político y teológico; además, muchos están consternados ante el comportamiento social y militar de Israel.

Pero ni un solo país o ciudad sobre la tierra posee un significado santo o especial para los cristianos. El centro de nuestra fe no es un lugar, sino una persona, la persona de Jesús el Mesías. Él es el Señor de toda la tierra y retornará para reivindicar toda la tierra.

Algunos escenarios del «fin de los tiempos» predicen un regreso de Jesús centrado en Jerusalén, o la reconstrucción del templo allí, o la última gran batalla de Armagedón literalmente librada en la tierra del moderno Israel. Estas sensacionales predicciones (algunas de las cuales incluyen casualmente escenarios que involucran masivas pérdidas de vidas) entran en una religión cristiana popular de ficción y folclor. Pero también afectan poderosas agendas políticas, y eso las hace potencialmente mucho más insidiosas. Le dan un lugar privilegiado al moderno estado de Israel en una supuesta agenda final de Dios para la historia mundial sobre la base de algunas cuestionables interpretaciones de la Escritura. Esto, después, lleva a aquellos que apoyan tales puntos de vista a una suspensión no bíblica de cualquier crítica profética de las políticas y prácticas opresivas de ese estado.

Para algunos cristianos, al moderno estado israelí se le excusa de cualquier responsabilidad moral o internacional porque «cumple la profecía». Una actitud como esa, de ciego apoyo a Israel, está en discordante contraste con las palabras de la mayoría de los verdaderos profetas bíblicos, y aun de Jesús. Siempre me ha parecido extraño que a cualquiera que se atreve a expresar críticas del moderno estado israelí se le acusa rápidamente (tanto por algunos judíos como cristianos) de antisemitismo. Pero, según esa norma, Jesús, Pablo y todos los profetas tendrían que haber sido puestos bajo la misma acusación, la cual es abiertamente ridícula, pues ellos amaban profundamente a su pueblo, aunque pronunciaron las palabras más cáusticas de acusación profética contra la idolatría, la opresión y el nacionalismo racista dentro del propio Israel. De hecho, está claro que Jesús fue categórico a la hora de rechazar la agenda del nacionalismo territorial y político judío en sus propios días y se pronunció en contra de este. Es difícil ver cómo podría respaldar a sus equivalentes modernos.

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