La Cuaresma, la Reconciliación y la Misión de Dios

Esta es una entrada para la Cuaresma del blog de un joven profesor norteamericano, J. R. Daniel Kirk, de Fuller Theological Seminary

La Cuaresma es cuando recordamos que la esperanza y la gloria de Dios en que hemos sido envueltos siempre van mezcladas con el fracaso y el dolor de la vida en la tierra.

El gran filósofo judío Martin Buber, al reflejar sobre la manera en que los cristianos celebran la buena nueva de Dios, dijo, “Para el judío, el cristiano es la persona incomprensiblemente atrevida que afirma en un mundo irredento que su redención se ha cumplido”.

La Cuaresma nos pone cara a cara con nuestro “incomprensible atrevimiento”.

Durante esta temporada, reconocemos que la enajenación humana de Dios encontró su solución en la oscuridad de Cristo crucificado. En ese gran acto de amor sacrificado, Dios reconcilió a la humanidad hostil consigo mismo (2 Cor. 5:19).

Aquí vemos el incomprensible atrevimiento del mismo Pablo: en medio de un cosmos que mantiene todas las características de su hostilidad hacia su Creador, Pablo proclama no sólo la posibilidad de la reconciliación, sino el hecho de que se ha cumplido en Cristo.

Pero el atrevimiento incomprensible no debe confundirse con la ingenuidad. Pablo considera que se requiere un acto de voluntad para ver a las personas y el mundo como participantes en esta nueva creación forjada por Dios (2 Cor. 5:16). Lo que es quizás más importante aún, Pablo considera que su vocación es conseguir que la reconciliación ya lograda se manifieste en las vidas de sus oyentes: “¡Les rogamos, en nombre de Cristo, que se reconcilien con Dios!”

Pablo proclama la reconciliación en un mundo no reconciliado.

Pero la Cuaresma insiste en que profundicemos más. No sólo debe seguir pronunciándose la palabra de la reconciliación; también debe seguir realizándose el gran acto cruciforme de la reconciliación. El embajador fiel de la reconciliación se da a conocer a través de las marcas cruciformes: la paciencia, la tribulación, la angustia, la persecución, los desvelos y el hambre (2 Corintios 6:4-10).

La Cuaresma nos recuerda que la reconciliación no es un asunto personal entre Dios y nosotros, un tesoro que se entierra en el campo para luego usarse como un boleto de entrada el día del juicio. Tampoco es un asunto resuelto de una vez por siempre en el Calvario, en el año 30.

La reconciliación es un acto de Dios por medio del Crucificado. Y también se lleva a cabo en todo el mundo y a lo largo de los siglos cuando los que llevan el nombre del Crucificado además llevan su amor sacrificado a todos los rincones del cosmos reconciliado. En nuestro caminar, llevamos no sólo su nombre y su mensaje, sino su crucifixión—dando a conocer la muerte de Cristo en nuestros cuerpos mortales (2 Cor 4:10-12).

En la Cuaresma nos aferramos de esta peculiar vocación cristiana, abrazando la muerte de Cristo con la esperanza de que esa muerte en nosotros siembre la vida de resurrección en aquellos con quienes entramos en contacto. La Cuaresma no es sólo recordar una reconciliación lograda siglos atrás, sino una representación de la reconciliación que llevamos dentro de nosotros mismos por el bien del mundo.

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