Comentario sobre 1 Corintios de Craig Blomberg (5)

Excelente resumen de los puntos clave abordados en la carta, y cómo se relacionan con los problemas de la iglesia hoy día.

La esencia de los problemas corintios

A primera vista, parece poco probable que todos los variados problemas corintios pudieran tener una sola causa subyacente. Sin embargo, una mirada más detenida sugiere que sus divisiones surgían probablemente de una fuente común. No hay duda de que su desunión se caracterizaba por una arrogancia e inmadurez recurrentes. Como sucede con frecuencia, los más inmaduros piensan a menudo que son muy maduros. En un pasaje que rezuma sarcasmo, Pablo exclama: “¡Ya tienen todo lo que desean! ¡Ya se han enriquecido! ¡Han llegado a ser reyes, y eso sin nosotros!” (4:8a). Y por si alguien no hubiera captado el tono de sus palabras, el apóstol añade con cierta pesadumbre: “¡Ojalá fueran de veras reyes para que también nosotros reináramos con ustedes!” (v. 8b). Como mínimo podemos, pues, decir que los corintios tenían una idea equivocada de su verdadera madurez. “Consideraban haber alcanzado lo más elevado del potencial humano”. En relación con esto está la tendencia natural de la humanidad “a quitarle importancia al desafío del evangelio y a subrayar de manera exagerada su consuelo”.

Esta arrogancia podría haber tenido relación con la popularidad de que gozaba entre los filósofos griegos una clase de retórica elevada y florida, especialmente entre los sofistas, que con frecuencia valoraban más la forma que el contenido. Una buena parte de los capítulos 1–4 encajan muy bien como la respuesta de Pablo a una iglesia que se había dejado impresionar excesivamente por los engañosos argumentos de su cultura. Otras veces, su retórica era menos elevada, pero aun así los sofistas valoraban la posición social y los privilegios de maneras que perpetuaban las distinciones de clase.

El papel de los patrones como traficantes de influencias de la iglesia corintia representa otro factor que contribuía a los problemas de esta congregación. Los principios de liderazgo secular fueron trasladados a la iglesia, cuando los ricos seguían intentando comprar la amistad de las clases inferiores, realzando su reputación a través de los litigios en los tribunales, y buscando el aplauso del mundo no cristiano que les rodeaba. Todas estas y otras prácticas se basaban en modelos que impregnaban la sociedad romana pero que eran inconsistentes con un evangelio centrado en la cruz. Pablo debe pues eludir las intrincadas relaciones de patronazgo e insistir en modelos de liderazgo servicial.De hecho, recién salidos de su inmersión en las numerosas religiones paganas de la sociedad, la mayoría de los cristianos corintios no había roto adecuadamente con numerosas formas de inmoralidad de la cultura que les rodeaba. Y, aunque esta cultura y religiones reflejaban una asombrosa diversidad, el mundo grecorromano tenía ciertas perspectivas generales predominantes.

Más digno de mención, quizá, era un dualismo entre el mundo material y el espiritual. Profundamente integrado en la filosofía griega, en especial desde los días de Platón y culminando finalmente en un gnosticismo completo en las décadas posteriores al ministerio de Pablo, este dualismo insertó una profunda cuña entre el espíritu y la materia. Solo el primero era potencialmente bueno y redimible, mientras que la última era intrínsecamente mala. ¿Qué había, pues, que hacer con los apetitos y deseos del cuerpo? La mayoría de los filósofos intentaron negarlos y optaron por una moralidad ascética. Sin embargo, una mayoría del pueblo común adoptó el enfoque contrario y se entregó a tales apetitos y deseos. Si la materia era irredimible por naturaleza, si la religión era principal o exclusivamente un asunto del espíritu, ¿por qué, entonces, no disfrutar de los placeres sensuales mientras era posible? La vida después de la muerte, desde esta perspectiva, se limitaba a la inmortalidad del alma y no contemplaba la resurrección del cuerpo. Por ello, muchos comentaristas sostienen que el trasfondo filosófico de los problemas corintios estaba más profundamente arraigado en la sabiduría helenista y judeohelenista de lo que permiten explicar por sí solos la sofistería o el patronazgo.

Todos los problemas importantes de la iglesia corintia pueden, pues, considerarse como secuelas de alguna de estas dos extensiones del pensamiento dualista: el ascetismo o el hedonismo. En la última categoría aparecen naturalmente la inmoralidad sexual (cap. 5; 6:12ss), comer comida sacrificada a los ídolos (caps. 8–10) y la embriaguez en la mesa del Señor (11:17–34), todo lo cual implica la gratificación de los apetitos corporales. Otras supuestas manifestaciones de libertad en Cristo—afirmar los propios derechos con poca consideración por los demás— probablemente también habría que clasificarlas en esta misma categoría del hedonismo: litigios ante los tribunales (6:1–11), hacer alarde de convenciones sociales con respecto al velo de las mujeres (11:2–16) y la competición y el caos en el ejercicio de los dones espirituales (caps. 12–14). En la primera categoría (ascetismo) aparecen claramente la promoción de la soltería tras el capítulo 7 y la incrédula negación en la resurrección corporal tras el capítulo 15, que en ambos casos niegan la potencial excelencia del cuerpo y sus deseos. Aquí también habría que situar probablemente las exageradas pretensiones de conocimiento y sabiduría, como atributos inmateriales, que exacerbaban las divisiones tratadas en los capítulos 1–4.

Desde un punto de vista teológico, este grupo de errores podría calificarse como una “escatología excesivamente consumada”. La expresión “escatología consumada” alude a las bendiciones del reino de Dios que están al alcance de los creyentes en este tiempo. Una escatología excesivamente consumada implica, pues, que los corintios creían que todas las bendiciones de la era venidera estaban a su disposición de manera inmediata, sin una adecuada apreciación del vacío que existía aún entre lo que eran y lo que solo serían tras el regreso de Cristo. Desde un punto de vista conductual, podemos calificar este fenómeno de excesivamente “triunfalista”.

Nuestra introducción termina, pues, donde comenzó, con una apabullante consciencia de la relevancia de esta carta. La iglesia de Jesucristo hoy, especialmente en Occidente, parece excesivamente triunfalista en muchos sentidos. Da la impresión de que es externamente fuerte, y lo es, si los únicos criterios que se tienen en cuenta son el número de miembros y el valor de los bienes y recursos materiales que posee. Sin embargo, se ha dicho que la iglesia de los EE.UU. tiene cinco mil kilómetros de anchura, pero solo un centímetro de profundidad. Muy pocos occidentales han experimentado la severidad de la persecución que sufrió la iglesia primitiva, o que hoy siguen padeciendo muchos cristianos en ciertas partes del mundo, algo que en última instancia demuestra si su fe es o no auténtica (cf. 1P 1:6–7). Las encuestas afirman repetidamente que más de un ochenta por ciento de los norteamericanos afirman ser cristianos y entre un treinta y un cuarenta por ciento declaran haber “nacido de nuevo” y, sin embargo, se ven muy pocos frutos de la verdadera conversión o de la práctica de la verdadera espiritualidad. Lo que sí vemos son muchas conductas análogas a la inmoralidad y a la actitud de exigir los propios derechos que tanto caracterizaba a los cristianos corintios.

Las normas seculares para el liderazgo afligen también a nuestras iglesias. Podemos aprender modelos de planificación y eficiencia del mundo empresarial. Sin embargo, nos equivocamos cuando no dejamos espacio para que el Espíritu nos redirija o cuando no expresamos compasión y perdón en las relaciones personales. Y cuando los márgenes de beneficios o pérdidas sustituyen a las demandas del evangelio en la elucidación de nuestras prioridades de ministerio hemos sustituido al cristianismo por la idolatría.

Las actitudes casi gnósticas se extienden también por nuestro mundo de hoy, desde los descendientes directos del gnosticismo como la Ciencia Cristiana, la Escuela de la Unidad del Cristianismo y otras sectas de “ciencia religiosa”, hasta sus primos panteístas—las religiones orientales del hinduismo y el budismo—que proponen la liberación de este cuerpo como el bien supremo. Surgen paralelismos más sutiles si cabe en una forma privatizada de cristianismo que relega la fe a los tiempos devocionales personales y a ciertas actividades aisladas de la iglesia, pero tiene poco efecto en el entorno laboral, la palestra pública o en una moralidad y santidad observables.

Una frecuente respuesta contra el hedonismo preponderante de nuestro tiempo es una radical reacción ascética que ordena la abstención absoluta de varias prácticas y establece requisitos legalistas como la clave de un estilo de vida cristiano. Tampoco es evidente que la mayoría de las personas de nuestro tiempo, y entre ellos muchos cristianos, esperen una resurrección corporal. La expectativa popular de vida después de la muerte, que está experimentando un renovado interés en una era de numerosas reivindicaciones de experiencias fuera del cuerpo y cercanas a la muerte, imaginan casi sin excepción un más allá incorpóreo y lo presentan por regla general como una perspectiva relativamente insípida y aburrida.

El triunfalismo está por todas partes. Este ha caracterizado en cierto sentido y de manera singular la experiencia cristiana norteamericana. Pero en nuestros días ha dado origen al evangelio de la “salud y la prosperidad” con su herejía que afirma “nómbralo y reclámalo”. Esta tendencia aparece en los sectores más materialistas de la iglesia que, desde comienzos de la década de 1980, ha sido hallada más frecuentemente en el entorno evangélico del cristianismo que en el liberal. El triunfalismo emerge con el resurgimiento de la escatología postmilenial—el punto de vista que afirma que los cristianos, con la ayuda del Espíritu, pueden entrar en el reino de Dios consumado en la tierra antes del regreso de Cristo—que por su parte presenta frecuentemente un calendario excesivamente optimista para el cumplimiento de la Gran Comisión, a menudo completado con fechas incluidas. Está también presente en las formas más extremas de reconstruccionismo, cuyos adherentes creen que es posible y deseable crear entidades políticas verdaderamente cristianas antes de la Segunda Venida de Cristo. El triunfalismo invade incluso los manuales de iglecrecimiento y las guías de autoayuda para nuestra era terapéutica, fomentando explícita o implícitamente la idea de que, si seguimos las fórmulas correctas que se nos esbozan, los problemas se superarán y el éxito o la madurez espiritual están garantizados. Pero ha llegado el momento de recurrir al antídoto para este tipo de mentalidades, a saber, esta Primera Carta de Pablo a los Corintios. Que Dios nos ayude a interpretarla de manera adecuada para poder ordenar nuestras vidas de acuerdo con sus prioridades.

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